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lunes, 13 de julio de 2009

Para el PPD el status queda relegado

Image and video hosting by TinyPic EL VOCERO Maricarmen Rivera Sánchez En el umbral de la conmemoración del Estado Libre Asociado (ELA), el senador Alejandro García Padilla opinó que la discusión del status no debe ser un asunto cardinal para el Partido Popular Democrático (PPD) de cara a las elecciones del 2012. Aunque no se amparó en la frase usada por algunos de sus antecesores –de que el status se resolvió en 1952– García Padilla rechazó la solución del status como uno de los pilares del PPD. “Hay que comprender que para los populares el status no es una razón de ser en sí mismo. El status está sometido a que el País viva mejor”, dijo García Padilla. “Si estuvieras hablando con un grupo de estadistas o con un grupo de independentistas, yo entendería que el status es lo central y todo lo demás es accesorio”. Como es usual en las filas de un partido político, esta expresión no tiene un respaldo unánime. Para los grupos que respaldan la soberanía, la discusión del status es medular. García Padilla hizo las expresiones en una mesa redonda en EL VOCERO junto al ex senador Eudaldo Báez Galib y el representante Jorge Colberg Toro. Báez Galib coincidió en varios puntos con García Padilla y fue más allá al indicar que aún sin el asunto del status, el PPD seguiría existiendo. Colberg Toro difirió. Desde el principio del cuatrienio, Colberg Toro se ha enfrascado en el proceso de escribir un manual que defina precisamente el asunto del status. Sin embargo, su enfoque tampoco es el de buscar un ELA soberano. En cambio, prefiere hablar de desarrollar otros poderes dentro del ELA existente. “Hay que cambiar el status, pero no es crear otro status político. Si algún miembro del Partido Popular entiende que el ELA soberano es un status diferente, está en el partido que no es”, dijo Colberg Toro. “(Los soberanistas) no lo han planteado de esa manera; la realidad es que las diferencias son semánticas, porque queremos lo mismo”. Báez Galib, por su parte, abogó en el pasado por la creación de una “crisis al Gobierno federal” para que atienda como una prioridad el asunto del status de Puerto Rico. En entrevista con este rotativo, argumentó que el PPD podría sobrevivir aún sin luchar por la solución del status. “El Partido Independentista tiene la independencia como su única meta y el Partido Nuevo Progresista sin la estadidad no es partido, pero nosotros, sin el Estado Libre Asociado, podemos ser partido”, dijo Báez Galib. Ante esto García Padilla añadió que “fuimos partido 14 años antes del ELA y ganamos elecciones 14 años antes del ELA”. Por diferencias con el liderato actual, la Secretaría de Asuntos Federales e Internacionales del PPD se quedó recientemente sin representación del sector soberanista tras la renuncia de Charlie Hernández, Luis Vega Ramos y Néstor Duprey. Las luchas ideológicas de este grupo con el presidente del PPD, Héctor Ferrer han sido públicas y sonadas. “Pero es que lo primero que hay que preguntarse es qué soberanía están defendiendo. La soberanía tiene 500 definiciones. ¿Cuál es la que quieren?”, dijo Báez Galib. Los entrevistados coincidieron en que la discusión del status en las pasadas elecciones estuvo matizada en el PPD por el caso federal contra el entonces gobernador, Aníbal Acevedo Vilá. Báez Galib retomó sus señalamientos contra Acevedo Vilá, a quien en un momento dado recomendó abandonar la candidatura. Según dijo, el giro que tomó en el PPD la discusión del status fue exclusivamente para beneficiar la defensa de Acevedo Vilá. “El cuatrienio pasado el (manejo) de la campaña estuvo todo el tiempo dirigido a la defensa en un tribunal y las decisiones se tomaron a base de eso y ese reguerete que se dejó en el partido es el gran problema que tiene esta gente”, dijo Báez Galib. Colberg Toro insistió en que hay espacio para estas voces, pero a la vez dejó saber que no hay espacio para lo que entiende es el desarrollo de un nuevo status, diferente al ELA. Contrario a García Padilla y Báez Galib, el representante Colberg Toro se expresó a favor de discutir el asunto del status, pero opinó que la plataforma del 2012 no va a incluir los elementos de las plataformas de los pasados años electorales. Al igual que Báez Galib, opinó que la discusión del status se matizó por el hecho de que el candidato a la gobernación estaba acusado a nivel federal. La discusión pública entonces, incluyó plantear la salida del Tribunal federal. “No puede haber un nuevo modelo económico si no tienes herramientas jurídicas. Mi percepción es que sí hay cabida para todo el mundo, incluyendo los que han reclamado su interpretación de lo que es soberanía. Lo que no va a estar en discusión son los elementos de la pasada campaña”, dijo Colberg Toro.

Sotomayor Is a Shoo-In

Image and video hosting by TinyPic Newsweek Howard Fineman Like another Democratic president a generation ago with big ears, big ambitions and an outsider's ambivalence about the old (white) American establishment, Barack Obama always yearns to make history, especially by expanding the social circle of power. The confirmation hearings for Judge Sonia Sotomayor, which begin this week, are about that yearning and that desire for demographic expansion. So the hearings aren't only, or even primarily, about Sotomayor per se. At issue are Obama's view of history and his judgment in picking this Hispanic woman as an expression of his vision. As Sotomayor is judged, so, too, will Obama be. If she keeps her cool and her answers earnestly and learnedly vague, she is a shoo-in—and perhaps 10 of 40 Republicans will vote for her. There will be a problem, or at least some drama, only if she gets into a Five Borough Fist Fight over any suggestion that she is not qualified or hampered (as opposed to ennobled) by her ethnicity. My sense from talking to friends and colleagues and briefers going all the way back to Yale Law School: she is far too smart, far too controlled, and far too ambitious to take the bait. She has not been afraid to use her ethnic background to argue for inclusiveness—for herself and for others—but once near or inside the door she is not an angry agitator. Like everybody else with brains and drive in America, she just wants a seat at the table. In nominating Sotomayor, the president has expressly and implicitly said that a great Supreme Court is not merely one full of exquisite legal minds—the ones most adept at abstract legal reasoning—but a court in which justices also bring with them to their chambers a sense of the breadth and diversity of all of American life, its varying economic strata and ethnic enclaves. Diversity—especially in today's poly-everything America; especially on a planet ever more wired and globally immediate—is not only a good thing, but also a necessary thing. That was, after all, the all-caps subtext of Obama's presidential campaign. He often said that "we are the change we've been waiting for," and he was speaking in racial as well as partisan or generational terms. Everyone knew it. A generation earlier in 1967, Democrat Lyndon Johnson chose to nominate Thurgood Marshall, courtroom mastermind of the civil rights movement, for a seat on the Supreme Court. Marshall was confirmed, becoming the first African-American justice. LBJ congratulated himself—and Marshall—on making history. When I first visited then-senator Obama's office in 2005, I noticed that the wall closest to his desk was dominated by a large oil painting of Marshall, a hero then and a governing example now. No one who is familiar with Sotomayor or her record as a student, lawyer or judge thinks that she is unqualified for the court. Like Obama, she is the product of the dawn of the affirmative-action era in the Ivy League. And like Obama, she is proof that the policy could perform as advertised with the right people. All of which is why her ruling in the New Haven firefighter reverse-discrimination case—and the current Supreme Court's rejection of it—will be central to whatever theatrical tension there is likely to be. But Sotomayor's justified faith in affirmative action is not knee jerk or formulaic—and, in any case, is only one part of the larger culture she represents. Culture, in fact, is what could produce any real friction to come during the hearings on Capitol Hill. Put simply, there will be two American political cultures on display. One is defined by the president, his nominee, and by the Democratic members of the Senate Judiciary Committee. Their collective portrait: big-city sidewalks, inclusive of women and a range of religions. Sotomayor is Catholic, but divorced, childless and not devout; she glories in her New York life and her Puerto Rican roots in the city and in her family's home island. The Republicans who will try to confront her come from another planet: states and places in which the dominant culture is, for want of a better term, traditional: Alabama, Utah, Iowa, Arizona, South Carolina, Texas and Oklahoma. All but one of these states (Iowa) voted for the McCain-Palin ticket. These are all places in which Sotomayor, with her Ivy degrees and metropolitan tastes, would be regarded, for want of term, as exotic. My bet is that this culture clash will end with both sides expressing grudging appreciation for each other, and the high court will wind up with its first Hispanic justice: an able, hardworking daughter of Puerto Rico and the city of New York. History will be made.